Morir de nuevo: Mi viaje por Lothric

La niebla se disipa y mis ojos logran volver a distinguir lo que esta a mi alrededor. El dolor intenso que experimentaba hace apenas unos segundos ya había desaparecido. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que pude ver claramente? Segundos, minutos, horas, días, semanas quizás. Nunca estaba realmente claro: el cielo continuaba con la misma escasa cantidad de luz, el sol permanecía eternamente en un simple anillo alrededor del vacío negro. Y un pilar de luz, débil y cansado, que se erguía como un pilar  hacia la bóveda celeste, como si fuera el único soporte etéreo que mantenía a toda la creación de desplomarse sobre sí misma.

Dark Souls / From Software

Volví a acercarme con cuidado al puente que daba a lo más alto del Castillo de Lothric. Empalizadas, llenas de flechas, lanas y espadas cubrían las cabezas de los soldados no-muertos que seguían, ya dementes, manteniendo su posición. El puente se extendía a lo lejos para conectar con la torre más alta de la fortaleza. Habría que atravesar a decenas de enemigos, sin contar a cuatro caballeros reales fanáticamente fieles a los príncipes. Todos ellos incansables en el cumplimiento de su deber, inquebrantables al momento de defender a los últimos remanentes de la familia real, irremediablemente condenados a montar guardia por toda la eternidad. O por todo el tiempo que restara antes que el círculo negro terminara de consumir las cenizas restantes del mundo. Cenizas como yo, cenizas como el Santo de las Profundidades, cenizas como el Rey de la Capital Profanada, cenizas como la Legión de Farron, cenizas como el Exiliado de Courland. Cenizas como las que serían los príncipes que se encogían, desafiantes, mirando el fin del mundo desde sus fuertemente resguardados aposentos.

El calor del Estus bajando por mi garganta me reconfortó. Su calor, tan similar al de las hogueras que se habían convertido en mi hogar, recorrió los restos de mi cuerpo decrépito y putrefacto. Las heridas cerraron, el dolor desapareció, la determinación se fortaleció. De mi bolsillo saqué un puñado de cenizas, aún ardientes, y las unté en mi cuerpo. La llamarada interna que lloraba por ser liberada por fin floreció, encendiendo mi armadura de acero en tenues llamas de poder. Tomé el mango de la espada helada de Irithyll con fuerza y alcé el poderoso escudo de los sepultureros de Carthus  hacia la niebla que cubría como una sólida pared la recámara de los príncipes. La marca oscura que palpitaba en lo profundo de mis entrañas empezó a vibrar, como si estuviera impaciente por conocer lo que había del otro lado. Como si pudiera presentir  el inmenso poder de los dos seres que se escondían detrás de la niebla.

Dark Souls / From Software

Avancé lentamente a través de la niebla, que retrocedió ante el fuego que ardía por mi armadura. El cuarto lucía abandonado, como si fuera cualquier otra ruina del castillo. Una silueta estaba sentada, en lo alto de un enorme lecho bañado por la poca luz que lograba pasar a través de las sucias ventanas. La silueta alzó el rostro, curiosa, y el príncipe Lothric habló. “Oh, otro pobre guerrero que busca desafiar su destino. Bienvenido, Campeón del Santuario de Fuego, Conquistador de Cenizas. Te advierto, el título de Señor de Cenizas Ardientes no me interesa en lo más mínimo. La maldición de la unión de la flama, el legado de los Señores de Cenizas Ardientes pasados, deja que todo se desvanezca en la oscuridad…” Desde un rincón oscuro de la habitación se arrastró lentamente el príncipe Lordran, gruñendo mientras arrastraba su resplandeciente espada de fuego, imbuida en el poder de la Llama del Caos. Se irguió amenazante, mientras Lothric sentenciaba ceremoniosamente. “Ya has hecho suficiente, ahora ten tu descanso”.

Pero no podía tener descanso, no podía simplemente yacer muerto en el suelo. La ceniza jamás muere realmente, la ceniza jamás termina de apagarse. El destino no lo permite, no hay descanso y no hay opción de rendición. Estamos condenados, cientos, miles, millones de nosotros. A jamás morir, a jamás descansar. No importa cuántas veces puedan aplastarnos, cuántas puedan destrozarnos, despedazarnos, empalarnos, quemarnos, destruirnos. La ceniza jamás se apaga del todo. Y la muerte, cuando jamás puede ser permanente, termina por quitarle importancia al fracaso. No hay nada que perder, excepto la posibilidad de algún día poder morir por siempre. Es la maldición de Dark Souls.

Dark Souls / From Software

Año: 2011-2016
Estudio: From Software
Plataformas: PC, PlayStation 3, PlayStation 4, XboxOne, Xbox360
http://www.fromsoftware.jp/pc/

 

Post Author: Kelma Tal Qamar

Periodista de profesión, novelista por vocación, gamer por pasión. Hijo de los RTS y los MMORPG’s, acostumbro tomarme las cosas con calma y trabajar solo contra el mundo. Tank y support son mis especialidades. Soy Kelma, soy un gamer, y como ustedes y mis compañeros, soy Amissum.

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